En las últimas semanas nos hemos sorprendido un poco, será por culpa de los webinares, de la puesta en escena de un gran número de estándares e indicadores, así como de la aparición de variadas asociaciones y gremios vinculados al mundo ESG (anglicismo de los ambiental, social y gobernanza). Son métricas y espacios que posiblemente tienen alguna trayectoria, pero si hacemos un alto para darle una mirada a este nuevo bosque, cabe hacer algunas reflexiones para entenderlo mejor.

Una primera valoración positiva es que finalmente se empieza a consolidar que la RSE ya no es más filantropía. Si bien es cierto que ha tenido que mutar hacia la sostenibilidad y luego a la gestión ESG, la realidad es que finalmente se migró del Word al Excel, de la poesía a la métrica, aspectos en los que siempre hemos incidido para que se reconozca la auténtica dimensión de la gestión. También es verdad, que esa evolución terminológica y su entendimiento la manejamos bastante bien en el microcosmos de los expertos, ya que cuando dialogamos con otros profesionales, necesitamos recurrir a la muletilla de la RSE.

Nuestra partida de nacimiento con estas fuentes se inició con la Global Reporting Iniciativa (GRI), que nace como gremio en el 97 y sus estándares en el 2002, impulsando el principio del triple resultado: social, económico y ambiental. Han transcurrido 20 años y la constante en ellos ha sido la evolución permanente de estos estándares. Los cambios se han dado por la propia dinámica de la organización y también por razón del propio “mercado de la RSE”. Han surgido en estos últimos años un gran número de organizaciones y estándares, muchos de ellos con énfasis en ciertos temas materiales o con indicadores más sensible para determinados grupos de interés.

No podemos soslayar el hecho que, en el análisis de riesgos entre los líderes de las principales corporaciones globales, el cambio climático se ha vuelto un tema central que involucra a los demás aspectos ESG porque no es sólo un tema ambiental, sino que también lo es social y de gobernanza. Pero cuando observamos la realidad de nuestro país, entre los principales directivos de las empresas se sigue priorizando los temas sociales y de cumplimiento, sobre todo debido al alto nivel de informalidad en el que vivimos y la precaria institucionalidad, que, en cierta forma, la fomenta.

Entonces tenemos para la gestión ESG y su reporte, entre otros, a la Global Reporting Iniciative (GRI); International Sustainability Standards Board (ISSB); Sustainability Accounting Standards Board (SASB); Task Force on Climate related Financial Disclosures (TCFD); WEF IBC’s stakeholder capitalism metrics; estándares que algunas empresas locales empiezan a consultar. Sin dejar de lado, claro está, el Dow Jones Sustainability Index (DJSI) en el que participan exitosamente. También en la parte local, tenemos los esfuerzos de la Bolsa de Valores de Lima (BVL) en la promoción del S&P Global CSA Empresarial (CSA), el Reporte de Sostenibilidad Corporativa a la SMV, el PIR con los Indicadores Materiales ASG para el sector minero, hasta llegar al propio Perú Sostenible con el Distintivo (DESR).

Estos son algunos de los muchos estándares que nos rodean. Pero insistimos en este especial enfoque que plantea el cambio climático y su matriz en innovación que trastoca la lógica y probablemente la continuidad de los negocios. Para este caso son relevantes nuevos estándares y las organizaciones que los impulsan, que no se mencionan en este artículo. Mientras tanto, no nos olvidemos que estamos en Perú, un país con escasas empresas grandes y que operan en un ambiente donde el principal estándar es el incumplimiento. Una realidad compleja para nuestro ideal ESG.

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